La desertificación es la degradación de la tierra en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas derivadas, fundamentalmente, de las actividades humanas y las variaciones climáticas. Esta definición fue acordada por las autoridades mundiales en la Cumbre de la Tierra, realizada en Rio de Janeiro en 1992,  y recogida en la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación (CNULD).

En efecto, la desertificación es una realidad preocupante dado que las tierras almacenan tres veces más carbono que la vegetación; lo que quiere decir que son el mayor almacenador de carbono terrestre. Cada año, los procesos de la desertificación liberan 300 millones de toneladas de carbono, que equivale al 4% de las emisiones de CO2 mundiales. La sequía a menudo agrava o desencadena la desertificación, pero hay cuatro actividades humanas que suelen ser las causas inmediatas:

  • El sobrecultivo que agota el suelo.
  • El pastoreo excesivo que destruye la capa de vegetación.
  • La deforestación que implica la desaparición de especies animales y vegetales.
  • El drenaje defectuoso de las aguas de riego que vuelve salubres las tierras cultivables.

Más de seis mil millones de hectáreas equivalentes al 40% de la superficie del planeta son zonas áridas y cada año se pierden 20 millones de hectáreas de suelo cultivable. Así pues, los costos económicos de la desertificación son estimados en unos mil millones de dólares anuales. Esta situación afecta directamente el bienestar y el futuro de una sexta parte de la población mundial. A ello habría que agregar que, los países afectados por la degradación de las tierras, son precisamente los mismos que sufren de escasez de alimentos.

El reto para las generaciones presentes y futuras es luchar contra la desertificación, a través del manejo sostenible de la tierra, para satisfacer las necesidades sociales e individuales sin el agotamiento de su productividad. El manejo sostenible de la tierra se basa en procedimientos que integran la gestión de la tierra, el agua, la diversidad biológica y el ambiente, con el fin de satisfacer las crecientes necesidades de alimentos, al mismo tiempo que se conservan los servicios y medios de vida que proporcionan los ecosistemas.

El Perú es uno de los países más vulnerables a la desertificación en el mundo, porque las zonas áridas equivalen a la tercera parte del territorio nacional y en ellas se registra, apenas, el 2% de la precipitación anual. A pesar de ello, en esta zona se asienta aproximadamente el 90% de la población y se concentra la mayor parte de la actividad agropecuaria, industrial y minera.